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Vida, pasión y muerte del comiteco

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Jorge Antonio Ruiz Mandujano.

Uno de los síntomas de los individuos y las sociedades en trance de crecimiento es el momento en el cual voltean a verse a sí mismos, se observan, se reconocen o se extrañan de sí mismos, según sea el caso, para entenderse, para definirse y saber hacia dónde se encaminan.

Es por ello motivo de festejo el hecho de que con una muy aventajada capacidad de observación el autor detenga su mirada en el ser del comiteco y nos ofrezca una pormenorizada disección de la forma de ser nuestra y la de nuestros coterráneos sembrados en similares mantos geológicos del tiempo.

Si bien no se trata de una forma de ser generalizada en la actualidad, sino de una mentalidad antañona, que dejó su impronta en el comportamiento que nos corresponde como herederos de aquellos antecesores nuestros que fueron formando su idiosincrasia, su mentalidad, sus costumbres, a lo largo de décadas y quizá siglos.

Una manera de ser que va, quizá, abandonándose entre las nuevas generaciones en este proceso de crecimiento de nuestra población -preocupada ahora por el desarrollo urbano, los servicios, la tropelía de complicaciones que trae consigo el convertirnos en una ciudad media con visos de ciudad grande- pero en la que aún persiste en ciertos reductos familiares y que de alguna manera nos hermanan, nos emparientan, en una suerte de cofradía en que se habla de vos y que atesora actitudes, costumbres, atavismos que nos identifican.

En nuestra cultura nacional se han sucedido distintos ensayos y estudios sobre el tema de nuestra identidad, de nuestro perfil psicológico y valores identitarios, ejemplo de los cuales son El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; El perfil del hombre y la cultura en México, de Samuel Ramos; el mismo José Gaos incursionó en el tema y fue promotor de estas sutilezas que mucho han contribuido al conocimiento más profundo de nuestro ser nacional.

En el caso del texto que ahora nos ocupa y focalizado en un área más restringida, la de un poblado al sur de nuestro país, seguramente marcará el derrotero de posteriores trabajos que nos permitan ir conociendo mejor los aspectos lingüísticos, culturales, atávicos del ser comiteco. Por ello, como dije en un principio, celebro la publicación de este libro que nos permite acercarnos con mayor detenimiento a las características que nos son comunes, que se establecieron en nuestro pueblo mucho antes de que los empellones de una globalización infranqueable a que nos conducen los tiempos actuales sentenciaron su probable desaparición, pero que en realidad sobreviven a fuerza de coletazos y soterrados estertores, los cuales nos identifican como una populosa comunidad de quienes fuimos creciendo aún a la sombra del Comitán de antaño.

Si no fuera por trabajos como éste, como los dejados en material escrito por Armando Alfonzo, Lolita Albores, Óscar Bonifaz, el ser comiteco de antaño estaría destinado a desaparecer de la faz de la tierra, llevándose consigo una cosmovisión que va diciéndonos adiós día con día y que vemos alejarse nostálgicamente.

He aquí el mérito de este trabajo: el hacernos comulgar con lo más acendrado de nuestras costumbres y tradiciones, como se se tratase de una radiografía -un daguerrotipo podríamos decir para contemporizar con lo vetusto pero a la vez valioso de los sucesos aquí narrados- del ser comiteco de cuerpo entero en que abonaron múltiples sedimentos de quienes nos antecedieron aportando cada cual lo suyo a esta cultura nuestra, a esta forma de inveterada del ser comiteco.

Prólogo de Luis Armando Suárez Argüello

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RUIZ MANDUJANO, Jorge Antonio. Vida, pasión y muerte del comiteco. San Cristóbal de Las Casas: Editorial Fray Bartolome de Las Casas A.C., 2015.

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